domingo 7 de agosto de 2011

LLEGO MI DIA





1

¡Cómo olvidar ese día! Fue un largo sábado. Desde hace dos o tres semanas pululaba por el centro como zombi, ya no seguía las terapias, no hilaba las ideas, no retenía las preguntas que hacía sorpresivamente el terapista para despabilarnos, simplemente me limitaba a sobrevivir cada minuto en un estado mental de confusión y apatía total. Me invitaron a jugar indor pero ya no quería, estaba más proyectado al exterior que me aguardaba. También debía cuidarme de una lesión o accidente fortuito que pudiera sufrir en el último partido, me quería a mi mismo, me cuidaba, no me exponía, era prudente. Llegué a ese sábado como a una esperada orilla y en la resaca de la playa, imaginaba que podía llegar a un oasis. Hicimos un pacto con el sujeto. Me ofrecíó solemnemente que ese día me iba, pero el día transcurría invariablemente. Pasó la mañana, la tarde maduraba, eran las 4:30 PM, cuando finalmente arribó en su auto y al rato aproveché para abordarle.
¡Ah sí!, Contestó, hecho el distraido, fingiendo quemimportismo.




Antes que me olvide... ¡firma el documento!. dijo girando para coger un papel doblado sobre el panel del auto, que me lo dio con un bolígrafo.
Lo leí sin detenerme, no inquiría las consecuencias o fines que tenía el documento. Pensaba que era nulo al haber sido firmado bajo coacción. A esas alturas sabía que el tipo tenía más miedo que yo, pues en el sube y baja, yo iba subiendo y el bajando. Sentía que podía negociar la situación, conseguir algo extra, pero no estaba dispuesto a dejarme llevar por el revanchismo, además que podía echar a perder todo. Quería salir lo más pronto de allí y si, para ello tenía que salir humillado y vencido, estaba dispuesto a rendirme al tipo hasta el último instante en que tuviera que verlo. Ya había oído que "hay que perder para ganar".

Ya! Está bien! No hay problema, le dije al acabar de leer.
¿¡Ya vistes¡?, es un documento simple
¿Es obligatorio firmar?, ¿Y si no firmo? ¿Qué pasa?
¡No sales! Me dijo torpemente
No entiendo... ¿qué es lo que le preocupa?
Nada, no me preocupa nada, no te tengo miedo..., ni a ti ni a tu familia..., contestó picado
Ah... bueno, bueno, por mi no hay problema. Le dije tomando el papel en el que garabateé mi nombre con el esfero que llevaba.
¡¡¡Pero con azul!!!... ¡Chucha!... ya le dañaste
¿¡A ver!? tomé el esfero azul que me extendió y firmé sobre el rasgo rojo.
Ya está..., tome..., No importa eso, le dije extendiéndole el papel.
y me sacó una copia que también firmé y se la quedó.

2

Eusebio, parado a un par de metros, con un palo en la mano, expectaba ávidamente el decisivo momento, hubiera preferido enfrentar a solas al sujeto, pero siempre trataba de rodearse de sus acólitos, era una de sus tácticas para evitarse intimidaciones, amenazas o escenas, a la final eran sus testigos y fungían como elementos de presión, "filtros con frente" ante quienes no se podía hablar, hacer una confidencia, peor una protesta por que la privacía estaba negada, y porque había que guardar el debido respeto al padrino. Después de firmar las copias el sujeto dio la orden de que hiciera maletas. ¡Al fin! ¡Era realidad! ¡Saldría libre! Que momentos tan bellos vivía ese fin de tarde. Atolondradamente con una emoción infantil sacaba mis cosas del cancel y las embutía en la maleta grande, sin ningún orden. Estaban en la habitación los infaltables buitres, aquellos que esperan se les regale algo que ya no vaya a usar afuera, todo sirve allí, nada se desprecia.




¡Pero ayuden! si quieren!, ¡hagan algo!, les dije y obsequié a cada uno un rollo de papel higiénico. No quería lucir desesperado pero tampoco podía confiarme y dejar pasar más tiempo.
¿Tu libro? reparó uno de ellos.
Mmm, está en la sala.
Anda a verlo
Pensé dos veces. Allí estaban todos los internos. Fui como si nada a buscar mis textos pero no pude evitar las preguntas.
¿Ya te vas?
Si creo, les decía, sin demostrar desesperación, ni emoción, ni nada. Encontré mis textos y me disponía a salir en las mismas, pero tuve el impulso de despedirme de todos y pasé tocándolos el hombro a unos, la rodilla a otros, chocando las palmas, estrechando manos, una palmada, una mirada, una sonrisa, sin esperar que me correspondan, prometiendo llamarlos o visitarlos, y me iba llevando en cada contacto su espíritu. Fue un minuto tan lleno de amor, tan suave, de confraternidad, no se que palabra usar, nunca olvidaré esa energía, ese cariño de todos los compañeros con quienes comparti el encierro. A quienes toleré y que me toleraron, acepté y me aceptaron, éramos personas que no sabíamos querernos ni tratarnos, que terminámos confraternizando, extraña paradoja.

Se pusieron a empacar mis cosas en la maleta grande y después hicieron de portadores, llevándola hasta el auto del sujeto, un Fiat Uno negro que había comprado hace poco, que estaba parqueado afuera del centro. Todavía no podía creer lo que estaba pasando.

3

Ni siquiera me di cuenta que estaba viviendo uno de los momentos más perfectos de mi vida. La felicidad no es alborozo, ni siquiera conciencia, ni alegría, ni entusiasmo. Me despedí del sujeto con un abrazo hipócrita y cruce la avenida que me separaba del terminal, arrastrando mis dos maletas. Eran como las 7 de la noche. Me acerqué a unas ventanillas y luego de indagar precio y hora de salida, compre un ticket con el billete de 5 que me dio el sujeto. Sacando fuerzas de mi alumbramiento sabático, debil y flaco como arrojado de un campo de concentración, me embarqué en el bus. Pasé de largo el asiento Nro 10 que me asignaron, hasta la mitad del vehículo donde me apoderé de un puesto con ventana y al lado coloqué mi maleta de mano. Tanto sufrimiento vivido antes y después de mi cautiverio, tanta preocupación, ese momento no tenían razón de ser. Me sentía pletórico recibiendo todo el aire frío de la noche, emprendiendo viaje de retorno a mi ciudad, sin la menor idea de como me las iba a arreglar.




Antes de mi internamiento vivía en un departamento de mis padres, que lo allanaron mis hermanos, se llevaron mis enseres y al salir no tenía domicilio donde llegar. Era una sensación extraña. En medio de la noche, agarrado mis efectos personales en dos maletas, regresaba a mi ciudad pero no tenía donde llegar, una cama donde descansar mis huesos, un lugar donde desplegar mis cosas y ordenarlas, guardarlas, había sido desalojado y, para empeorar las cosas, solo recordaba el teléfono de un amigo.

Pero eso no tenía ninguna importancia ese momento, pues, podía quedarme en la calle esa noche, y talvez otras noches más. Esa libertad no bajaría su intensidad por ninguna contingencia, por ninguna merma de confort, peor por los prejuicios sociales que uno lleva, o por pensamientos de fracaso, de que uno estaba en la calle y arruinado, que no tenía para comer y pagar hotel, que tenía que pedir dinero a alguien, nada de lo que me había pasado, ni nada de lo que me esperaba horas y días más tarde, podía reducir mi gozo.

El vehículo partió y pusieron una película de Hollywood en un plasma instalado al fondo del pasillo. Miraba embelesado la pantalla del plasma, los rostros de los actores de aquella película de acción, como si fuese la primera vez que veía televisión, como si hubiese estado años recluido y disfrutaba de una tecnología inédita.

Los 5 dólares que me regaló el tipo, menos el valor del ticket y los chicles, me quedaban 2 usd, me sobraba justo para comprar una pastilla de mi ansiolítico prescrito, pagar un pasaje urbano y quizás un pan, o sea que mi día estaba financiado, me sentía el hombre más libre del mundo. No tenía nada, ni destino, ni casa donde vivir, ni gente que me esperara, ni bienes, ni dinero, ni familia, solo me tenía a mi mismo. Lo único que debía hacer era llegar a mi ciudad y buscar un sitio para dormir esa noche, después las cosas irían pasando por su propio peso, ya conocía esa ley, mi fe no me abandonaba. Aunque pensaba refugiarme en un grupo de alcohólicos anónimos, tenía mis dudas porque eso implicaba internarme como anexo tres meses más, no tenía la seguridad de que me aceptaran por días. Trataba de recordar albergues, no tenía teléfonos de amigos en mi memoria, aunque tenía el teléfono y direcciòn de la casa de mi padre no quería llegar donde él porque mi familia estaba descartada entre mis ayudas. Recordaba el teléfono de WW, que era la mejor opción. ESTABA ABSOLUTAMENTE SOLO Y DESAMPARADO EN LA VIDA, había perdido mi familia, la fuente de tantos problemas, todas mis cosas, disfrutaba cada segundo de mi soledad, mi autosuficiencia y mi libertad, efectivamente, solo me tenía a mi mismo y me sentía insuflado de una emoción de estar vivo, volver a nacer, empezar de cero a mis casi cincuenta años, sin una pizca de miedo. Así el viaje, meditando y sintiendo la experiencia de estar vivo, fueron apareciendo detrás de la ventanilla lucecitas dispersas en un valle inundado de noche, Machachi, Aloag, Sangolquí, parecía que el sueño se iba a acabar.











OTROS CAPITULOS





EL HAMBRE (4 días de ayuno)




A un terror sucedió otro terror. Ya estaba viviendo mis miedos. El miedo eterno que tenía de estar encarcelado, lo estaba viviendo allí, me demoré en admitirlo. Al parecer la experiencia no golpea a su víctima de una sola vez, no es un golpe tan traumático, porque es lento, hora tras hora, día tras día, la monotonía labra el alma del reo, la desfigura, el vivir en medio de conflictos permanentes entre los internos, así no se peleen físicamente, ese clima de tensión domina y subyuga a todos, agobia como un silicio. Los recaidos y los que habían estado en cárceles al parecer tomaban su estadía con mejor predisposición, ya entrenados en una prisión, no les tomaba de nuevo el ambiente del centro, lo soportaban todo, sabían torear al tiempo de los largos días... entonces ese terror se infiltraba, sin aspavientos, ni violencia, ni sangre, ni torturas, ni peligros, como uno se imagina afuera.




Me privaron de las medicinas. Cuando me capturaron me trajeron con lo que llevaba puesto, demoraron 19 días el enviarme ropa pero no llegaron las medicinas. La abstinencia de los fármacos alteró mis funciones mentales, el sueño, la depresión, el miedo, la agresividad, el deseo de morir se apoderaron de mi. No podía controlar la reacción que tenía debido a la suspensión de los medicamentos y renuncié a mi nuevo mundillo. No quería salir de mi cama y no salí por 4 días con sus noches. Me sentía liquidado, me planteaba el suicidio, no podía aguantar así ni siquiera un día completo y era testigo de como mis compañeros iban y venían de aquí para allá, para cumplir el horario, las actividades diarias y de vez en cuando alguien se acercaba a mi cama a investigar




No se mueve?




Esta vivo?
Respira?




Oye está flaquito?




Parece Cristo, mírale la pierna




Mira ese brazo




Carlos, un compañero gordito, amanerado como una loquita, se daba modos en escurrirme unas galletas, un pan, pero yo las regalaba a otros sin probarlas. No estaba fingiendo mi ayuno, había decidido que si me quedaba allí sin medicinas, la pasaría también sin comer, sin asistir a terapias y a las actividades del centro y sin socializar con nadie, no solo era huelga de hambre sino también de silencio, de negación, de aislamiento y, en el segundo piso de mi cama litera, dejaba pasar el tiempo envuelto en pensamientos dolorosos, ante todo me sentía mal por fallar a mis pobres compañeros contra quienes nada tenía y que en todo el tiempo que estuve allí, silenciosamente se solidarizaban conmigo.






¡Mis respetos el man! oía que comentaban



¡4 días sin comer! ¡tenaz!




A la mañana del cuarto día llegó el terapista Jonathan decidido a terminar con mi huelga de hambre y desde la sala empezó a preguntar por mi.




¿Donde está Giovanni? preguntaba a gritos. Al parecer tenía la instrucción del padrino de tomar cartas en el asunto.




¿No ha comido?, ¿Está en la cama? ¡A ver grupo tanqueeeee! ¡Sáquenme a ese man al patio, le bañan, le hacen lavar toda su ropa, sus cobijas y que pague cancha.




Obedientes los internos que formaban el grupo tanque: Raúl, Daniel, Angel, los más belicosos, se avalanzaron a mi litera para despojarme de las cobijas y arrastrarme hasta el patio. Anunciado recibí a Raúl con un trompón en la cara, pero entre todos me sometieron llevándome hasta la lavandería donde amontonaron mi ropa y cobijas que tuve que lavarlas.



Todo el tiempo que estuve tratando de enjabonar y enjuagar las prendas me azotaban tachos con agua.



PAGAR CANCHA





LOS PERSONAJES:

PAUL EL TERAPISTA LOCO

El "Terapista trastornado" lo llamaría yo. Se trataba de un guayaquileño, alrededor de 30 años, de más de 1.80 de estatura, robusto y pesado, forma de hablar altisonante, que flameaba de rostro y cuerpo entero una agresividad incurable, un resentimiento contra todo, un desprecio social que ya era carne de su carne. Amplio historial en todo tipo de crímenes y participación en bandas. Tal era el sumario de este sujeto que había decidido hace 10 años hacerse un terapista profesional y vivir en ello, no podría decir de ello, porque padecía de inestabilidad laboral, mochilero que iba de un centro a otro ofreciendo terapias y en el último, que se llamaba CENSICO, una legendaria "clínica nazi", había durado como un año hasta que salió emproblemado. Era un enfermo que necesitaba autolavarse el cerebro imaginando que se recuperaba al ayudar a otros adictos, y fungía de nuevo monitor del centro. Díjo que el director le había "entregado" la clínica, que él era el cargo y, como tal, tenía la autoridad absoluta, era el rey con el poder de hacer con los internos todo lo que él quisiese, malo o bueno, justo o injusto y, para proclamarlo y dejarlo en claro, cada minuto de su presencia se empeñaba en demostrarse insolente, grosero, desafiante, agresivo y listo para pescar a alguien en algún mal gesto para abatirlo.
Era mi último mes y, al parecer, aprendí a sortear a otros terapistas y lo estaba haciendo con este muy bien, pero, como no suelo pasar fácilmente desapercibido, por más que me empeñe, él ya me estaba cazando desde un comienzo. Procuraba no mirarlo, no dejar ver mis reacciones internas, bajaba la vista todo el tiempo y lo dejaba hacer y decir todo lo que quiera, procuraba respetar su trabajo pero no pude evitar que se fijara en mi.
Tu, viejo... tú, el de lentes, ponte de pie.
Mientras proseguía su perorata terapéutica, gritando a los 4 rincones de la sala, permanecí parado una hora, hasta que decidió devolverme el honor de sentarme otra vez. En esa hora no demostré inconformidad con su orden, además que me cansaba la espalda todo el tiempo sentado, así que no había para que enojarse del tío.
El es obediente. Dijo después a todos, poniéndome como ejemplo a seguir, me había anotado un punto.
A los dos últimos que tenía que matar, los maté la semana pasada. Tengo un doctorado, soy médico, soy padrino de Jaime Iván Kaviedes, tengo una maestría en psicología clínica, tengo un PHD en cienciología, soy hipnoterapeuta... ¿uds quisieran ser tan inteligentes como yoooo? Preguntaba a viva voz y todos respondían ¡Siiiii! Un día fue a dar su charla portando una pistola que por lo bajito era una 38, -"tremenda escuadra", como comentara alguien-, que la llevaba en el cinto del pantalón, aludiendo que la traía por su seguridad, porque le buscaban para matarlo por las muchas cosas que había hecho en el pasado. "Yo más aplico para rehabilitación de delincuentes", decía, "más que el programa de pasos". Proclamaba a viva voz uno de sus mayores logros "yo puedo hacer todo, robar, matar, ser un delincuente, tener mujeres..., pero NO ME DROGOOOOO! ¡y así lo he hecho por 10 años! ¿Uds quieren ser tan recuperados como yo?", preguntaba levantando el volumen de su voz al máximo, todos contestaban ¡Siiiiii!
Pero pasaron más días y el tipo me tenía tomado la medida listo para proporcionarme el traje, o sea el merecido trato. Se dio cuenta de que tenía más nivel que el común de la tropa, que lo estaba evitando y se propuso "hacerme cerebro".
"Ponte de pie", ordenó. "Tú tienes algo que no me gusta", dijo. Quería tenerme a la vista para estudiarme y me hacía escuchar sus intervenciones parado. No me cogía in fraganti, no encontraba de que reclamarme. Estoy seguro que el director no le había dado referencia de mi ni tampoco recomendación, creo que quería enfrentarnos para ver el resultado. Hasta que me tocó el turno de dar una lección y la dí mal, no le di importancia. Aunque todos habían estudiado, bajo pena de castigo si fracasaban, yo y mi poca memoria hicieron lo que pudieron y el tipo se encabronó, se mostró totalmente ofendido, creo que no le gustó mi desinterés por la lección y me retó con alguna frase ofensiva que me provocó una sonrisa. Exactamente no recuerdo las palabras de la situación. Lo que en el fondo le disgustaba más era que no le demostrara miedo o sumisión. El tipo me retó
De que te ríes quiteño hijueputa!? Se levantó y a grandes zancadas se acercó a mi y me dio un manotazo en el pecho que me lanzó al pizarrón, me tomó de la cara y estrelló mi nuca contra la pared. Si que sonó
POC!




Un silencio profundo imperó en la platea, yo era uno de los intocables de la clinicucha, a la final me había ganado respeto y afecto de todos y se solidarizaban conmigo porque era el único que no recibía visitas, ni noticias del mundo exterior y estaba allí por tiempo indefinido. Parece que el golpe les dolió a todos.



¡Qué te pasá pues chucha tu madre! ¡que te vienes a burlar de mi!, ¡no sabes con quien estas...!
¡te sientas en el suelo! me ordenó, exaltado y ofendido a más no poder. No me quedó más que sentarme y dejar pasar los minutos, asimilando esos hechos, tratando de no darles mucha importancia, pero en mi interior me iba diciendo que a este hombre le había llegado su tiempo conmigo, me había declarado la guerra, que en adelante lo enfrentaría y saldría de este sitio, vivo, medio vivo, herido, fracturado, contuso o grave. Tenía toda la serenidad y convicción para solicitar a mis dueños de allí el que me dejasen salir, caso contrario yo me la jugaría con ellos y proseguiría mi natural reacción. Dejé pasar la terapia algo cabizbajo mientras el tipo se enredaba en sus peroratas nervioso, sintiéndo que había cometido un exceso conmigo. Al terminar la terapia salí y el director me vio alarmado desde el descanso del segundo piso, alguien ya le había chismeado el incidente, preocupado me llamó.
¡Giovanniii! ¿Cómo estás?
Bien. ¿Habló con mis hermanos? le pregunté
El director, evasivo a la pregunta, me contestó la sarta de mentiras del día. Me iba calmando poco a poco hasta que, una vez recuperado el aire y mis palpitaciones más pausadas, pude proferir.
¡El tipo me pegó!, ¿Qué pasa Padrino?
¿Qué pasó? ¿Te pegó?
Si... me... pero tranquilo! estoy bien, contesté minimizando el hecho.
¡Qué le hizo?, pregunto a un metido que andaba olisqueando por ahí y quería ganarse la aprobación del director.
Nada, dijo, fue parte de la terapia, si le empujó... pero suave
Si, en realidad no fue duro, dije, pero...
Creo que todos tratamos de minimizar el incidente pero regada estaba ya la semilla que había de resultar en una precoz flor: ese sería el último día que el "terapista trastornado" iría a dar terapia. No podíamos compartir el mismo centro los dos, él sólo parece que se autodespidió.
Uno de esos pocos días de su reinado en el centro llegó el tipo acontecido, fuera de si, con la mirada baja como niño majadero, lloroso, se puso a hablar de su mejor amigo y a la vez su ahijado, desde hace siete años, su inseparable compañero que le acompañó todos los días que dio terapias. Este era un enigmático personajillo que se sentaba a escuchar, a vigilar, reir, aprobar, asentir con movimientos de cabeza las inflexiones de los discursos de su maestro. Lo exhibía como ejemplo de recuperación y prueba de su éxito como terapista profesional, resultado de su seriedad y evidencia para apuntalar su credibilidad ante su nuevo auditorio. Aquél bicho raro de mirada bisoña y expresión boba, cualquiera diría que se trataba de un tonto, pero pronto nos dimos cuenta que no lo era tanto. El hospedaba al terapista y su mujer en su casa, ya que este no tenía hogar y vivía errante, trabajando esporádicamente en clínicas. La última en que había estado imponiendo sus terapias había sido una clínica nazi, de la cual había salido con problemas, según manifestó, no se guardaba nada el tipo. Y ese día, lloroso, moqueando, lamentándose a viva voz, rezongando y casi aullando, compartía con todos que su mejor amigo, ese bicho raro, le había traicionado. Que había dicho a su novia que él no era una pareja conveniente para ella, de lo cual dedujo que le estaba quitando piso, trabajando para entrarle, desplazándole, y no paraba de lloriquear toda la mañana, las dos y más horas que duraba su insoportable presencia. Sentado desparramado, caminando desafiante entre las sillas, gesticulando, manipulando su celular, envuelto en su orgía de lastima.
Porque mi mujer es bonita... pensaba en voz alta ......¿uds creen que mi mujer es bonita?, preguntaba a todos y respondíamos al unísono: ¡Siiiiiiiiiiiiiiiii!
Cuando el director me iba a dejar en su Fiat negro al terminal, aprovechamos para tener una conversación abierta, aparentemente sincera, -aunque cada uno estare acechando las espaldas del otro, con el puñal en la mano-. Le contaba de ese día, cuando llegó a desahogarse y quejarse públicamente el tal Paul por la traición de su amigo, y manifestaba, al tiempo que conducía.
Pero es cierto..., el amigo le serruchaba... El -dijo, refiriéndose al Paul- tenía muchos trastornos de personalidad... yo le dí piola una semana..., le di todo el poder, le dije haz lo que quieras...




¿Sabes que hago yo? -me preguntó para contestarse el mismo-. Les doy piola al principio..., una noche conversamos tres horas, frente a frente, como una marathon, en la que compartimos lo que sabíamos del programa y ahí le detecté varios trastornos graves de personalidad, por lo que no convenía a la clínica.
Si, pensé lo mismo, y tiene otra escuela... acoté refiriéndome a sus terapias aversivas.




Claro, dijo el padrino, es distinto.




Pero una vez ud le prestó plata, recuerda, unos cien dólares, cuando tuvo una emergencia y ud le dio... ahí creo que se portó lento, continué diciendo.
No, le dí, pero le desconté de los días que trabajó.
Así el tipo hizo su aparición fugaz e intensa, fungió unas tres semanas como dios y amo del centro, imponiendo el terror, tanto que ninguno se atrevía a comentar nada de él, era tabú hablar del tipo, todos cerrábamos la boca, no nos atrevíamos a tocar el tema, a compartir nuestra inconformidad y cuando yo quería sondear el ambiente preguntando opiniones sobre el nuevo terapista se apuraban a dar su aprobación !Este si es bueno! decían, y enseguida charlaban de otra cosa. Aunque dos de nosotros cometimos el error de hacer un comentario al tercer día de su llegada, cuando llegó precisamente portando su arma 38. A uno le pareció incorrecto que llegue a dar terapia armado y yo aprobé la observación. El tío se enteró de esta conversación y al día siguiente se armó el revuelo, emplazó a todos, interrogó a los sospechosos uno por uno haciéndolos pasar al frente, indagando quien dijo o escuchó tal comentario. Todos lo habían oido, era vox populi el comentario, pero nadie lo admitió, solamente uno, que no le veía tan malo el haber hecho ese comentario, ese era yo. El concepto de la verdad sobre todas las cosas, ese ego de honesto, me lo estaban haciendo polvo y debía ser castigado por decir la verdad. Había oido el comentario pero, si lo reconocía, también tenía que mencionar a su autor y delatarlo. No estaba dispuesto a sapear a nadie, peor aún al ex criminal rehabilitándose que lo dijo. Además el ya lo había negado cuando se le interrogó. Cuando llegó mi turno admití haber oído el comentario pero me negué a delatar al autor. Esa vez me gané un punto que me sirvió para aumentar la aversión del sujeto hacia mi. Ya me tenía apuntado, tomado medidas, señalado, fichado, sopesado y cualquier rato estallaría el conflicto, yo esperaba, me cuidaba, me escabullía de su ámbito, minuto tras minuto, no intervenía en sus terapias, asentía, coreaba las respuestas, hasta que llegó ese día en que el tipo aprovechó para cobrar sus rencores cuando estrello mi cabeza contra la pared. Había despues de todo que admitir que él era mi maestro de tolerancia, que me estaba haciendo un bien al ponerme a prueba, así que debía estar dispuesto a recibir el maltrato arbitrario de su verbo y de su mano. Ya con su mirada bastaba y sobraba, miraba mal, con desprecio de un asesino, tenía en el fondo de su ser enfermo grabado el estigma del asesino violento, que era posible reconocer en algunos otros internos que habían matado personas, ese estigma que difícilmente abandona al asesino y habita en su siniestra y hostil conciencia, en el fondo se saben poseedores del poder de decidir la vida o muerte de cualquiera de sus prójimos y su mirada refleja esa inflexible convicción, seres de decisiones crueles, de mente acerada, que emanan poder, superioridad... por tanto era peligroso oponerse, ofrecer resistencia, atravesarse ante su vista y mirarle mal, era peligroso, el estaba listo a detectar la menor hostilidad, podía sentenciar a cualquiera por el menor gesto ¡cuidado! A mi me había bautizado ya como "el cínico", aquél grandulón que descargaba en sus terapias todo lo negativo que podía llevar adentro.
Cuando quise explicarle que era un comentario general, que no había ninguna mala intención de nadie, y que yo solamente había escuchado, no me dejó hablar, explicarle exactamente el modo como se había suscitado, me mandó a callar y dictó sentencia.
¡Cien vueltas de pato la cancha!! ordenó vociferante y, escoltado por los perros del Grupo Tanque fui llevado hasta mi cancel, para dejarme poner short, camiseta, sandalias y luego a dar vueltas, sin poder estirar las piernas ni apoyar las manos en el suelo, como un patito, la cancha de voley del centro.
En medio del patio estaban reparando un carro y revisando el motor con el capó abierto Carlos el recaido y Leonardo el portero, quienes me miraron preocupados cumplir el castigo. Leonardo me preguntó
¿Estás bien?
Si, le dije, pero el fue el autor del comentario, no yo..., es más, se refirió a la pistola como "tremenda escuadra". Me creyeron, pero entre los tres sabíamos que una orden de castigo era inimpugnable, debia cumplirse, justa o injusta. En estas etapas de mi reclusión, yo ya no estaba
para discutir castigos, ni protestar, ni amargarme durante su cumplimiento, ni mostrar mala cara, simplemente debía cumplir, lo más completo y mejor que pueda, sin hacerme mala leche. A la final el daño y dolor eran imaginarios, el sufrimiento era imaginario, mis ideales venidos a menos, mi respeto que creía merecer, la dignidad, todo ese espectro de valores antiguos que todavía cargaba durante mi internamiento, debería dejarlos en esa cancha, no servían sino para aumentar los sufrimientos, hacerme más difícil la vida allí. Era un medio bastante hostil, lleno de conflictos y adversidades y la única forma en que se podía salir de esa esfera negativa, era no contagiándose del sufrimiento, la palabra mágica era ACEPTACION. Los castigos injustos producto de un encame (acusación arbitraria y falsa), representaban una oportunidad para aprender a sortear las agresiones de las personas, para aceptar situaciones inmanejables con serenidad, para bajarnos el ego y derrotarnos sin afectar nuestro ánimo en curso, de ese día de apenas 24 horas, nuestra felicidad nadie ni nada debería robarnos, eso ya había aprendido y, a más de eso, debía tener algo de fe. Sabía que no podía cumplir ni siquiera diez vueltas de las cien que me había ordenado, pero confiaba en que algo ocurriría para condonar o interrumpir esta pena.
Pasaba cada vuelta por la ventana de la sala de terapias y desde adentro, mientras hablaba pestes de mi a los otros, el tipo me vigilaba, exigía que no asiente las manos en el piso y que cuente cada vuelta en voz alta. Una vez que cogí algo de ritmo trataba de concentrarme para llevar mi castigo sin apuro y meditando las circunstancias de mi existencia. Trataba de sobrellevar el escarnio que se siente cuando se es castigado frente al respetable, ante el grupo de compañeros, tenía muchos ojillos puestos en mi para ver mi pena, pero yo me negaba a darles esa expresión y trataba de pasar frente a su inspección con buen semblante, como si estuviese haciendo un poco de deporte, sin ningún gesto de aflicción, ni haciéndome el víctima, inconforme con el castigo, ni cabreado. Debía someterme al capricho del hombre sin perder la serenidad, ni sentirme culpable por el hecho, era muy importante mantener la moral muy alta y no hacerme el rebelde
El sol calcinaba la cancha, arrastraba las plantas de los pies por el cemento. La sombra de un hombre se proyectó desde atrás mío y me estremecí, mi ánimo se retrajo como un cangrejo asustado en su hueco de arena. Es que la cosa no terminaba ahí, solo era el comienzo, había un complemento del temido castigo que llamaban "pagar cancha". Vi como una sombra silueteada en el cemento delante mío con los brazos en alto se aproximaba a mi. Era El Latin, verdugo oficial del centro, adicto declarado a la violencia y a la sangre, que azotó con todas sus fuerzas el contenido de agua de un tacho sobre mi espalda. El sonido característico, tal como un correazo o un látigo, rompía un silencio como de duelo que imperaba en el centro, era el momento en que los nuevos que siempre empezaban rebeldes y airosos empezaban a tomar en serio su estadía en aquél sitio, se iban poniendo por su propio instinto en vereda, se sentían amedrentados y vislumbraban lo que les esperaba si se portaban mal. En cada vuelta unas tres o cuatro azotadas de agua, uno después de otro. El siguiente azote siempre dolía más que el anterior, la piel cada vez más sensible parecía que se partiría al impacto, justo en uno de esos dolorosos golpes de agua, se me vino el recuerdo de mis seres queridos, específicamente de mi madre muy lejos de allí, la pensé como si ella pudiese sentir lo que sentía, ese impacto, ese agudo dolor y me preguntaba como reaccionaría o que sentíría si podría sentir como yo o contemplar la escena de su hijo pagando cancha. Esta idea me marcó emocionalmente. Me imaginaba que eran ellos, mis familiares, con el largo brazo de su rencor hacia mi, quienes me estaban castigando, no era El Latin sino ellos, los que arrojaban los tachos de agua sobre mi. Casi me quiebra este pensamiento, casi se me escapa una lágrima, pero debía aguantar estoico el dolor. Al escribir esto sé que mi madre tiene entumecida y corrompida el alma, que no puede sentir nada bueno por nadie, en su egoismo enfermizo, en su ansiedad por culpar a todos de sus errores, en sus resentimientos y venganzas, envilecida totalmente, ya no contaba con ella, un ser lleno de caprichos, un ser totalmente corrompido.
Completando mi quinta vuelta, la espalda se me había hinchado y enrojecido, estaba penando como un cristo mi imposible meta de cien vueltas cuando, de pronto, observé que el director entraba por la puerta de la oficina y se acodaba en el marco de la entrada de la sala de terapias.
Buenos días, ¿Como vamos? saludo en general
Buenos días, respondió el coro
¿Quién está allá? preguntó, y algunos interesados corearon mi nombre.
¡Giovanni!
¡Ahhh! ¿Y qué hizo ahora? preguntó y el terapista le explicó enredadamente lo que había hecho, es decir, lo que me había encamado, el pretexto para hacerme pagar cancha. Que sea verdad o mentira no importaba.
¡Oyee... este man...! ¿y cuantas vueltas tiene que dar?
¡Cien Padrino!
¿y por cual va?
¿Cuantas vueltas lleva ya? gritó el terapista, trasladando la pregunta a los verdugos.
Cinco mi terapista, dijo El Latin.
¡ya..., déjale... no más... que se bañe y entre a la sala, pidió el padrino al terapista y este a su vez trasladó la orden al verdugo y se condonó mi pena.
Así fue que "pague cancha", con relativa suerte. Hay que considerar que a otros compañeros se les castigó durante toda una mañana.

EL LATIN




Solo recordarlo se me remueve el alma, me provoca tantos sentimientos encontrados: ira, venganza, simpatía, miedo, ternura, muerte… y estoy seguro que provocaba lo mismo en todos los compañeros. Cuando recién llegué el estaba en la 2da fila, entre los nuevos y los antiguos . Fue escogido parte del “grupo tanque” y empezó a dominar totalmente la escena. Denominaban “grupo tanque” a los internos designados por el director responsables de la seguridad en el centro. Ellos actuaban en caso de fuga, indisciplina o violencia y podían reprimir a quien se rebelara, al menos esa era la doctrina. Pero el grupo se convertía en una banda para cometer robos de comida, conseguir privilegios de todo tipo, abusar en órdenes y castigos a compañeros y hacer lo que se les viniese en gana. A su madre que vivía en España, le habían internado por depresión y epilepsia 6 meses en un hospital. Él también había vivido 8 años allá. Trabajo alguna vez en construcción y otros tantos oficios, luego fue militante de los Latin King y, a la edad de 21, 22 años, que tenía entonces, ya gozaba el grado de CORONA en esta organización criminal. Tenía su propio combo, sus amigos delincuentes, que manejaba, dedicados a crimen, extorsión, sicariato, robo, estafa... Tenía tatuado todo su cuerpo como un samurái. Los miembros de esta organización hacen un juramento y ritual de iniciación para poder pertenecer a las filas, era un juramento irrenunciable, un pacto de por vida, no podían desertar porque serían eliminados, al parecer él estaba negociando, comprando su libertad y por el momento se mantenía a salvo y oculto en el centro, aunque se enteró que ya lo habían localizado y habían ido a marcar zona, marcar territorio con sus grafitis callejeros, con sus signos al frente del centro, señal de que estaban cercándolo y de que su cabeza iba a rodar pronto.Narró sus crímenes con detalle, que pena que no haya tenido una grabadora.Era un guerrero, tenía los blasones tatuados en todo el cuerpo, un verdadero "caballero negro" o "caballero de la muerte", como le bautizó el terapista Jonathan. Tenía cicatrices de heridas en sus piernas, brazos, cara, cabeza, cejas, en todo su cuerpo tenía más de cien puntos contando todas las costuras de sus heridas y había estado varias veces a punto de morir. Heridas de bala pero la mayoría eran de arma blanca, hechas en peleas de pandillas. Había pagado un año y medio de prisión por intento de asesinato, cuando me contó no lo hizo con remordimiento. Dijo en cambio:…




pero al tipo que me mandó preso le dejé toda su vida en una silla de ruedas y tiene que usar pañales para sus necesidades.
Narró sus crímenes con detalle, que pena que no haya tenido una grabadora.
Se sentía el peso de su presencia, sentado a mi diestra, él se adormecía en las terapias, generalmente se vestía de negro

2




El bitácora era David, un muchacho de buena familia, de unos 19 años que mantenía controlada la disciplina del grupo sin necesidad de recurrir a malos tratos. Medio tontito de tanta droga, había llegado en un estado calamitoso, sin poder ni pararse ni pensar ni nada. Se llevaban muy bien, se podría decir que eran amigos, se hacían bromas, pero una vez que el latin se quedó dormido este le echó un medio vaso de agua en la cabeza, como se había acordado que se haga y el latin se desperto molesto se paró violentamente y propinó un puñetazo en el rostro de David. Lo amenazó, le dijo que se cuidase y david, desarmado se limitó a recibir inmóvil y en silencio el golpe y las amenezas de su amigo. reportaron lo sucedido a Leonardo y este prcedió a castigar a ambos, hacerles pagar cancha. Se pusieron short y cumplieron su rutina de castigo en el patio. A cada momento les echaban agua violentamente con los tachos, estoicamente recibían el castigo por un par de horas. Yo me dolía por David, quien era injustamente castigado y odiaba al Latin, pero nada había que hacer, solo presenciar la ejecución de la medida.




Por primera vez me sentí un igual. Antes le hubiera juzgado y reprochado con mi silencio su expresión, porque me sentía mejor que él, honesto, humanitario, ético, pero era hipócrita conmigo mismo. Yo también he sido vengativo y he pensado hacer cosas similares a mis enemigos y terminé aceptando que sentía igual a él, que nunca pude evitar pensar y sentir odio y venganza, deseos de violencia, tal como el se mostraba. El se había aceptado hace mucho, no se había recriminado tanto como yo, o tal vez si, pero cedió al hecho de aceptarse, es una condición muy profunda que es difícil de erradicar. Aunque haya que arrepentirse, porque la culpa le pone a uno contra las cuerdas tanto tiempo, pero también hay que terminar perdonándose, no agigantando la tragedia, el crimen que se cometió, pero de alguna manera hay que seguir caminando en la vida y caminando en torno a este trauma para no seguir girando en lo mismo y en lo mismo. Parece que el se aceptó como era y al fin a mi no me molestó tener trato con un criminal sin reprocharle. El sintió mi aprobación y por primera vez estábamos hablando entre iguales, yo no quería diferenciarme de él, no lo discriminaba, por fin habíamos soldado una hermandad, ese momento confraternicé con él, no oculté lo que yo era frente a él, no quería hacerme ver superior, mostrarme rehabilitado y recuperado y verlo mal, como un tipo que no quiere cambiar. Mi repugnancia, mi rechazo, mi temor al latin se disiparon y tenia a mi lado a un compañero que me estaba enseñando a tolerar, es uno de los internos a quien más agradezco entre los que compartí y cuando fue elegido del grupo tanque el que más me hostigo, me intimidó, me maltrato, me castigó, me robó, me humilló. Tarde en darme cuenta que solo quería acercarse a mi, robarme una sonrisa, una indulgencia, suavizar mi carácter y lo logró. Los últimos días peleábamos como dos cachorros de gatos, jugábamos a hacernos daño a inmovilizarnos a golpes a veces ganaba él a veces yo
Blasonado de cicatrices de su condición de guerrero de los latin, en una pelea de pandillas había matado uno o dos…, en total creo que eran 4 los muertos que cargaba. Le habían clavado un destornillador por algún lado del cráneo y le produjo una lesión cerebral que le había producido secuelas, convulsiones, por lo que se medicaba VALKAPINE, un anticonvulsivante que le enviaban desde España. Por esta lesión había estado en coma y ahora sufría las secuelas.
El acto que más le hacía sentir culpable es haber dejado en coma a su esposa 8 meses, de una paliza


EL SIETE LENGUAS

Este tenía perfil de presidiario, con todos sus ademanes y estilos, su jerga y cantadito al hablar, su cara... era un careloco. Miraba a las personas como cajas fuertes, cajeros de bancos, vitrinas, menos como personas. Era difícil soportar el sablazo de su mirada. También podía verlas como a estorbos, obstáculos, pero, sorprendentemente, no observaba a nadie como su enemigo, a nadie excepto al Latin porque este se excedió al reprimirlo. No se podía esperar otro tipo de trato del Latin, verdugo por vocación y placer, pero Eusebio, que tenía sus leyes del honor todavía, caballerosamente le había desafiado a un duelo, cuerpo a cuerpo, sin esposas, en medio patio, para saldar su contenida furia, su bullente venganza. ¡Ah, qué ingenuo era!, Como si allí existiese la cortesía, el duelo, sus derechos, no acababa de despertar de sus sueños del mundo exterior, creía que podía proponer sus normas allí, como lo vénía haciendo en las calles. Aunque el director contaba que antes había guantes para quienes deseasen sacarse la pica y prometía traerlos, en todo el tiempo que estuve no trajo los ofrecidos guantes. Al primero que yo hubiese retado hubiera sido indefectiblemente al tal director. Un buen golpe en el higado y otro en la oreja, en la boca del estómago y otro en la nariz, le hubiera dejado más zonso de lo que era, para que se fije de una vez que está tratando con un verdadero recuperado, jajajaja!.






2




Llegó por propia voluntad al centro, animoso, disciplinado, como si entrase al cuartel, decidido a cambiar de vida, queriendo salir de su problema de drogas, que más tarde se supo también era de robo y mucho más tarde, se supo que lo buscaban para un ajuste de cuentas por un mal reparto en su última fechoría. Apenas había logrado escapar de un hotel en Quito donde le habían estado cebando para matarlo, unos negros a quienes perjudicó 300 dolares de su botín, ¡Se los fumó!. Este joven envejecido de 24 años, tenía un estado de ánimo en alza, era extrovertido, inquieto, alegre, hiperactivo, todo eso pero a su manera. No podía interactuar con él porque no manejaba sus mismos códigos y empezaba a liarse con sus más afines. Aunque blanco de piel se notaba su origen negroide en los rasgos de su cara, en su figura atlética y en la forma de hablar. Congenió por química natural con sus similares étnicos y en lo laboral con los infractores que hacían el gremio de choros, estruchantes, violadores, fumones, arranchadores, entucadores calejeros.... como él. El era un entucador, como el mismo se autocalificó al preguntarle su especialidad. Tuve la osadía de hacerle esta pregunta de entrevistador, de sociólogo, de ciudadano porque tenía dificultades de destejer la madeja de códigos del mundillo del hampa desorganizada e informal. Aunque más tarde corroboré el dato, me di cuenta que la única manera de conocer a personas como él, no es recabando información, sino entablando una relación humana, a través de un trato de igual a igual. Yo no era periodista ni antropólogo, ni terapista, estaba ahí porque tenía similares problemas y conducta que ellos. Todos éramos unos angelitos en realidad.
Alegre y hablador en las terapias, era el más activo. Como se sentaba en la primera fila, no veía ni tomaba en cuenta al resto del grupo y se robaba el protagonismo, respondía a todas las preguntas, opinaba sobre todo... pero como un simple pillo con honor, esto es, SIN PROGRAMA. Todos sus valores vagos parecía que no surtían ninguna eficacia ni credibilidad en ese clínicucha donde se respiraba la probada doctrina del programa, todo lo demás era mentira improbable, palabras, habladurías, consejos de borrachos, conversaciones de cantinas, sueños de borracho seco, drogos en abstinencia que se creían oradores inteligentes. Con este fuerte ritmo se mantenía alegre e imparable unos días más, sin que nada ni nadie le pusiese en zona, los antiguos solo observábamos, hasta que una tarde, el terapista Jonathan, un lojano con bastante verborragia, inteligencia, temple y manejo de psicología conductual, se cansó de sus interrupciones.

¡Mejor pasa a dar la terapia tu!, le imprecó. El tipo se quedó frío.
¿Para que estás aquí?, para aprender... para escuchar... Si quieres hablar pide la palabra, levanta la mano...
El terapista lo bautizó de siete lenguas a Eusebio quien, desde esa observación, solo le quedaron seis o cuatro, y en adelante se abstenía de hablar e interrumpir las terapias. Ese fue el punto de quiebre a partir del cual empezó a doblegarse, oprimirse, y a "cogerle el encierro", como llamaban allí a ese estado o sensación de estar sometido a un yugo superior y, el tal siete lenguas, empezó a arrepentirse de su decisión de haberse internado voluntariamente.
A los pocos días la monotonía, la rutina, las órdenes, como la de guardar silencio y otras, fueron asediando al espigado hampón y su rostro, lleno de entusiasmo al comienzo, fue dejando ver un rictus de fastidio, de hartazgo, de malgenio. Hiperactivo, hablador compulsivo, expansivo, ruidoso, gritón, cantor a tiempo completo, molestoso, peleón, como era, empezó a sentirse hostigado de todas las prohibiciones y reglas que había que mantener allí y, por sobre todo, de las cuatro murallas que le separaban del mundo exterior. No podía levantarse cuando él quería, no podía cambiarse de puesto, no podía hablar durante la terapia, tenía que esperar el turno para todo, tenía que memorizar los pasos... al parecer toda esa normativa sencilla que había que llevar lo estaba colmando y se lo veía cada vez más presionado. No contaba que era una clínica recomendada por el buen trato, comparada con las clínicas nazis que él mismo había investigado antes de elegir, donde dan harto palo, tortura y castigo. Soportar tres meses allí era algo que todos veíamos muy dificil para él, iba de aquí para allá, no podía mantenerse quieto ni callado, todo contestaba, todo corregía, todo justificaba y discutía, para el no existía el silencio, la tranquilidad, la reflexión, era una represa rota por sus propios impulsos, yo apostaba a que cualquier momento iba a protagonizar un episodio de violencia, algún altercado grave y le someterían como a todos los ingobernables violentos.




3




A los quince días de su internamiento llegó un muchacho coterráneo de Quevedo, un joven de 15 años, su familia se dedicada a los autos y al tráfico de drogas, era una poderosa banda en su ciudad y parte de la costa, lliderada por su madre quien le había internado en el centro. El chico era un drogadicto aniñado, el delfín de la organización delictiva, se sentía respaldado por su temible familia, por lo menos las primeras 24 horas que pasó allí, alegre, simpático, desobediente, prepotente, exigente, indeciso, como que quería admitir el tratamiento. El entusiasmo y aceptación le duró solo un día, hasta que chocó con una orden, enfrentó el estricto régimen, y desertó, pidió le sacaran de allí y en los dos o tres días que pasó allí, no entró en cauce y el mismo provocó los acontecimientos que obligaran al director a que se lo saque de allí.




Inmediatamente intimó con el siete lenguas, tenían similares temperamentos, como él era hiperactivo, alegre, incontenible, hipersociable, inteligente y carismático, pero tales atributos de carácter allí nada le valían. El, que se creía dueño del mundo, protegido por una poderosa familia, allí no tenía ningún peso, no tenía ningún poder de convicción, ni de amedrentación, ni ningún otro tipo de poder, era simplemente un interno que debía someterse como todos a las normas del lugar, era solo cuestión de tiempo que pase la aplanadora del reglamento que alí imperaba: orden, disciplina y respeto, sobre su joven y desadaptada cabeza de drogo.




Pedía hablar con el director al portero leonardo, pero este le explicaba que no estaba allí y cuando venía lo llamaba a gritos desde la ventana y este de su distancia le respondía cualquier cosa, que ya habló co su mami, con su familia, que vienen más tarde, que sales el lunes, y así le decía cualquier cosa para ir domándole, dejando que el tiempo vaya haciendo su labor, que su rebeldía se vaya desgastando, que sus energías se vayan acabando hasta que se rinda. pero este jovencito no se rindió, optó por exigir hablar con sus padres, quería que le cambien a otra clínica mejor, pero el director tenía que mantenerlo incomunicado, como condición del tratamiento, y las dos fuerzas, la libertaria del muchacho y la dominante del zorro terapista, se encontraban, el paciente y su carcelero libraban una pugna que misteriosamente iba produciendo una catarsis, una catarsis que en el joven no se completó porque consiguió su voluntad y a los tres días los familiares vinieron a retirarlo, quien sabe si para trasladarlo a un centro de mejor trato, comida, condiciones o a una clínica nazi o a dejarlo otra vez a su libre albedrío.



Se sentaban juntos en la sala, en el patio buscaban un lugar para hacer sus planes de fuga, el sietelenguas tendía lazos con el muchacho para que lo admitan en su organización delictiva familiar, compartían comida, aunque, como nuevos que eran era prohibido estar juntos, ellos impunemente desarrollaron una relación estrecha, sin importarles que se les había dicho que deben mantenerse separados.



En sus dos o tres días provocó algunos incidentes de ira, puteó a todos, prometió suicidarse o matar a alguien, derrochó su furia y amenazas, desobedeció todo, exigió todo hasta que un día rompió un ventanal de la sala de terapias y hubieron que esposarle. Se le mantuvo esposado hasta el día en que lo sacaron de allí.




JEFFERSON



Justo cuando le sucede esto al penado, esa lucha interna que lleva, empieza a quemar su combustible, poco a poco a declinar, hora a hora, día a día, el tiempo va allanando los cráteres para dejar bien apisonado el valle rebelde. La impotencia, la frustración son las herramientas emocionales que van labrando el alma rebelde del interno, quien mientras más rápido acepte su derrota, mejor pasará su cautiverio. Alegre y locuaz como vino se transformo repentinamente, cambio su expresion, ahora era amenazante, no creía en la clínica, un potencial saboteador, estaba conspirando con otros internos para fugarse.





CARLOS



Carlos era un mariguanero, entre longo y mulato, de 18 años. Después de mi ayuno, estuvo presente cuando me castigaban y se entretenía insultándomne y saboteándome la ropa que lavaba, diciéndome


yo creí que eras buena gente


Este chicuelo era un carente afectivo que se había ilusionado con mi imagen paterna. Esto lo descubrí luego de este incidente, me propuse hacer las pases con él y cuando no tenía con quien jugar me llamaba a mi. Jugabamos con el balón de indor o el de boley cualquier cosa, entre los dos, pases o quites, y le arrancaba unas sonrizas a este huérfano de padre que se había criado con su abuelito y una media familia. Se sentía no merecedor de cariño o huerfano de padre y percibía eso cuando jugaba con él. Pero se me viró cuando le llegó la oportunidad de mostrarse de cuerpo entero. Inexplicablemente estaba torturandome junto a 4 verdugos del grupo Tanque, me lanzaba agua, me ensuciaba la ropa, etc
A este lo sufrí mucho



EL PADRINO, el futbol,


fesional, corredor de autos


Tengo una viscoza imagen de este personaje de 50 años que se hacía llamar padrino, sin lugar a dudas, tenía la personalidad más compleja que todos los internos rasos. Amargura marcada, depresión que le sesteaba cada uno de sus pasos y gestos, no tenía suficiente programa como para proclamar su recuperación. Su esposa y sus hijas vivían en el exterior, lejos de él, con quien teníanb muy poco contacto y noticias. Sobrevivía sin consumir drogas y alcohol. Por lo demás, era un fumador compulsivo, explotaba, esquilmaba, robaba, mentía a diestra y siniestra, en pequeñas proporciones pero sistemáticamente, de mil formas, instaurando para si mismo un corrupto modus vivendi. El destino elegido, ser terapeuta y propietario de una clínica para drogadictos, a la vez que constituía su salvación, como el mismo afirmaba, era su infierno privado. El era el Dios allí, entre la población de pacientes que siempre se mantenía entre los 25 y 30 internos. Van saliendo al cumplir, por lo general los tres meses, y los que estaban en espera ingresan. Detentaba un poder omnímodo sobre sus vidas durante el tiempo que estaban allí, y esto, para una persona con malas inclinaciones, es difícil de manejar, e, invariablemente, lo conducía a su propia decadencia, vanidad, pereza, manipulación... le era muy difícil mantenerse honesto, además de estar rodeado por personajes que eran igual o peor que él, una horda de ángelitos que estarían dispuestos a envenenarle a la menor oportunidad. Pero 10 años de esta actividad el ya tuvo tiempo para tomar posición o partido y optó por ser un adicto que solamente paro de consumir drogas duras y alcohol. El resto seguía igual, su moral, su etica, su economía, aunque hay que reconocerlo había aprendido a dar discursos, motivar, dar terapias.


El programa de 12 pasos de NA lo había aprendido en un centro de rehabilitación de Cuenca, donde pasó 3 meses y 15 días. Es una confraternidad de clínicas, hasta donde supo explicar, las que lo aplican estrictamente en lo que se refiere a los pasos. Sin cubrir las 12 tradicones, los 12 conceptos y resto de literatura de NA.


En la clínica hay autoridad, órdenes, disciplina, dieta, régimen, horarios, ejercicios que forman parte de un entrenamiento y deben cumplirse, bajo prevención de más o menos fuertes castigos. El miedo, el dolor, el hambre, el encierro, las visitas son disuasivos


Mi primer encuentro con él fue luego de que tres internos hombres y una mujer me tendieran una trampa en la esquina de mi casa y me llevaran esposado hasta un Mitsubishi Montero donde él esperaba al volante


Ahhhh! ya cayó el grande... este es el capo... lo agarramos.. me cantó con tonó burlón cuando me metieron al vehículo


Veía sus ojos en el espejo retrovisor durante el largo viaje a Sto Domingo, parecía un hombre muerto, un criminal
El Futbol fue un pretexto para integrarme a mis compañeros, para interactuar con ellos, establecer vínculos, probar fuerzas, demostrar destrezas. El juego es una simulación social en el que se prueban los participantes para en la vida real, mantener ciertas reglas y energías. Yo deseaba mucho integrarme a los juegos, pero tenía un impedimento físico, mala salud y me inhibía cuando me sugerían. Pero un momento me presionaron y hube de aceptar, fue mi debut, saqué todas mis frustraciones en la cancha, quedé renovado. Otra ocasión acepté el arco e, igualmente, entregué todos mis instintos en la portería, como si fuese una verdadera guerra, atrapaba la pelota, ponía cualquier parte de mi cuerpo para impedir que cruce el arco, como si fuesen balas y, efectivamente, fui una muralla que nadie pudo salvar. Era garantía para el equipo en el que jugaba que ganaría, así al darse cuenta, me llamaban y formaban los equipos para hacer apuestas.



LEONARDO


El portero o llaves del centro era un mulato rechoncho de 24 años, medio chino, que también había sido interno de allí, y había empezado a trabajar apenas una semana antes de mi llegada. Fue quien me recibió cuando ingresé, cuando el inefable padrino, acompañado de mis captores, me entregó esposado. Dándole las primeras instrucciones: que me ubique un colchón, que me saque las esposas, que me de unas mantas, supongo. No era necesario recomendaciones mas detalladas porque entrabamos en calidad de bultos sin derechos, por guapos o feos que fuesemos, todos allí tendrían que allanarse, tendrían que nivelarse, uniformarse como soldados, dejar ese incómodo traje de status y personalidad que tanto problemas nos produjo afuera, dejarlo afuera, porque adentro no servía nada de eso, no éramos nadie, y eso era lo que teníamos que aprender. Si queríamos impresionar a los carceleros, estos con su paciencia solo dejarian que el tiempo intramuros decante con su inexorable yugo y rutina, su poder superior.


paciente, dejaba pasar muchas cosas, no podía estar en todas, se hacía de la vista gorda, sapiente de que el tiempo y el encierro limaría las asperezas que colmaban la atmósfera de la tal clinicucha.


ALBERTO


"Ese man si es bien enfermo" dijo su primo una vez. No era raro que se encontrasen parientes, amigos y conocidos en el centro. Sto Domingo es una ciudad pequeña. Los primos mantenían cierta distancia, ambos eran "clínicos", "recaídos", o sea que habían estado más de tres veces internados. Alberto me dijo una vez "aquí no tienes derechos" y esa frase me ahorró muchas explicaciones sobre la clase de lugar donde estaba. No entendía que allí no hay reglas, solo arbitrariedad, no hay sugerencias solo imposiciones, tendría que deshechar todo el legado de las tradiciones, que había aprendido del programa de los AA. En la clínica estas tradiciones no tenían ningún rol, y la frase lacónica de Alberto me ubicó en esa realidad.


Alberto no podía estar callado o quieto. Se preocupaba mucho cuando era ignorado, especialmente por mi, y siempre hablaba en voz alta, ningún rincón del centro podía abstraerse de sus alocuciones, nadie podía pasarlo desapercibido, él necesitaba todo el tiempo la aprobación de lo que decía. Así que era molesto, como si alguien todo el tiempo estuviese hablándole a uno sin que uno quiera oirlo, a mi personalmente no me interesaba y no sabía como neutralizar su contaminación sonora y psicológica, pero había que tenerle cuidado porque si él detectaba hostilidad o indiferencia, su hipersociabilidad se convertía en una hiperagresividad verbal, y física, al menos en sus ademanes, porque nunca se atrevió a agrredir a nadie.


El arma de él era la palabra, adicto a la burla, se había autoproclamado, y eso me sirvió para manejar sus frases. Me nombraron censor, era una especie de inspector del lugar, debía controlar el trato, físico y verbal, entre todos los internos. Las malas palabras estaban prohibidas. Responsabilidad imposible en ese centro donde la maledicencia era la norma, el estilo, la pauta, así funcionaba el lenguaje allí. Aunque registré a los primeros infractores, luego me cansé, me hice el zordo, era su modo de hablar y de tratarse, así que mejor era dejar pasar. Sin embargo al Alberto, el más insultador de todos, no quería obviarlo, y decidí anotarlo algunas veces, pero cuando vino el tal padrino a enterarse de mis informes, prefirió no preguntarme lo que había escrito, porque sabía que no sacaba nada aleccionando a algunos. Además eramos "aves de paso", vendrían otros peores, yo me iría, y toda la censura quedaría en blanco. Había que ser realista. No estaría allí para siempre y, así estuviera, no podría controlar el verbo, el insulto, natural para el propio padrino, quien hacía gala de sus expresiones floridas. No servía de ejemplo

DANIEL,
lo deteste, lo temí

MALAKATOS

El Gran Malakatos, como le decían, era en realidad el triste Fernando de Malakatos, el griego nominaba el cantón de Loja donde había nacido el más enfermo de todos los internos, con el que le bautizaron sus compañeros. De unos 40 años, aparentaba 15 más, despechado de su familia, vivía en un estado de mendicidad, solo en un cuartucho y en las calles ingería alcohol de una forma imparable. Sufría daño cerebral, padecía convulsiones, debía tomar fármacos. En el centro era solitario, aislado, hosco, irritable, explosivo y cuando alguien le colmaba tenía ataques de agresividad. Nunca llegó a la violencia física, solo ademanes e intentos aparentemente decisivos, se reprimía, calculaba, cobardón e histriónico como también era. Despreciaba a quien entrare en controversia con él y lo todos se alejaban de él, no le tomaban en cuenta. Cualquier pregunta que se le hacía para él era maliciosa, irónica, ofensiva, estúpìda, por tanto cualquier interlocutor suyo, bien podía ganarse un sarcasmo, una burla o incluso un insulto. La expresión de su rostro avisaba que todas las personas que le rodeaban estaban equivocadas y él tenía su única razón. Todos terminaban, aunque fuera por conveniencia, aceptando el lavado de cerebro del tal tratamiento, menos él, quien se mantenía en su incredulidad, su excepticismo, su agnosticismo, sus creencias, sus resentimientos familiares, su ética, su cosmovisión, y su inquebrantable vocación por el trago. Abiertamente pronunciaba su deseo de no dejar de tomar, lo primero que haría al salir de allí, según declaraba, es tomar y volver a la vida anterior. No le veía otro objeto a su vida, estaba decidido a agonizar trastornado en los vapores de alcohol y en su epilepsia, de caida en caida, de dolor en dolor, resentido y orgulloso, firme se mantenía en la convencida senda de su autodestrucción.

También puse distancia con él, aunque quería ayudarle, mostrarme amistoso, elegí seguir mi camino sin rozarle siquiera. Como yo llamaba la atención de una o de otra manera, el acabó por dirigirse a mi, y semana a semana, paciente e inconcientemente, fui allanando el terreno para que se acercara, me tomara confianza, no me viera como una amenaza o competidor. Me mostré absolutamente respetuoso con su espacio hasta que fue dando señales de amistad.
En ese proceso estaban las pequeñas acciones y palabras, pedidos, preguntas de prueba, risas compartidas, señales afines en el espacio, aprovechaba cuando tenía que compartir mi SOLO POR HOY para mandarle unas suaves indirectas, para señalarle defectos de carácter míos, procurando su identificación, y lograba atraer su atención, su alma dolida y excéptica todavía practicaba el arte de fisgonear a sus prójimos, a quienes pretendía sepultar en su vida, en su mundo, porque había elegido la soledad absoluta. Ensañado con su propia locura, aferrado a ella como a su única verdad, sufría cada segundo de su existencia y no podía hacer movimiento, ni acto, ni pensamiento, ni sentimiento, ni reacción que no estuviese dominada por su rígida angustia. Quizás en su caso yo también hubiese preferido morir, pero el parecía que no aceptaba la opción violenta si no que , obsecadamente, descendía paso a paso, día a día hacia su total locura y muerte. Entre botellas y botellas, había decidido morir, odiando a su familia y a sus hijas que le habían llevado a ese centro.


Cuando hablaba me ponía atención, y sabía que podía lllegar a él, que podía sembrar una palabra, una emoción, una esperanza en su perdida mente, en su oscuridad podía obrar un titilar, en su desesperanza un hálito de alegría, meses de paciente espera pasaron para que me regalara su amistad, aunque lo primero que hizo fue tomarme como objeto de sus burlas, bromas, y a veces también de sus desates de furia, contaba conmigo de alguna manera, sabía que no estaba solo, que había alguien que podía compartir un tiempo de vida y de recuperación, de alegría, allí en ese infierno ... la amistad es lo más difícil de ganarse de un antisocial, de un adicto, de un delincuente porque son descreidos, excepticos, negativos, egoistas y desconfiados. La amistad que logra sembrarse es débil, a la menor alteración se desvanece y cunde la traición, la deslealtad, el egocentrismo, muchas veces se nota esto en las despedidas o cuando alguno que sale vuelve a visitar, aunque en mi caso constate lealtades y deslealtades, variando de quien ofreciera esa actitud, los dos sentimientos me sirvieron para conocerme a mi mismo a a mis congéneres. En las deslealtades aprendí que no hay que confiarse de un adicto, y en esto el programa nos ayuda a comprender que no hay quye seguir personas sino principios y que el adicto tiene todo el derecho de fallar, no tiene compromisos con uno, es libre, no es nuestro y no debermos resentirnos por sus reacciones, sus descorrtesías, sus malgestos y aceptarlos como son. En las lealtades recibí mucho amor de mis compañeros, cuando regresaban una vez que completarons sus tratamientos volvían a visitar y me apoyaban con sus regalos de comida, me buscaban con su mirada, querían relacionarme conmigo



FELIX

Todo agusanado se apostó en el ruedo que formamos en el patio. Sus ojos al fondo de las cuencas reflejaban la débil luz de la noche. Se trataba de un gran fumón de mariguana que había entrado por su propia voluntad al centro. Lucía inseguro, temeroso. Después de una ininterrumpida carrera de adicto de casi toda su vida decidió internarse. Era mecánico automotriz, pero un mecánico que además es adicto, no podía ser otra cosa que un deshuesador, ladrón y matón, como lo confesara en uno de sus compartires. Había terminado involucrando a su familia en el taller y cada miembro cumplia su rol. Se vanagloriaba de haber sido un fumador empedernido y a la vez responsable, que no había fallado en lo económico a su familia, es más, había dejado un dinerito para los gastos hogareños durante su internamiento. Por tanto se podría decir que guardaba ciertos escrúpulos, pero, como era lección básica para todos, un adicto era una persona en quien no se podía confiar, incapaz de amar, egoísta, desleal, mentiroso, deshonesto. Aparentemente cariñoso, buen amigo, solidario, prometedor, sembraba cizañas a fuego cruzado, apenas les daban la espalda y chismeaba destructivamente de todos, con el sólo objeto de autopromocionarse y quedar como el mejor entre todos, pronto comprendí que esa autopromoción apuntaba lo más alto posible. Como había estado acostumbrado en adicción, a aspirar tratos con los que están arriba, rodearse bien, apadrinarse, codearse, para desenvolverse según sus viejos hábitos, su otra vocación: el robo. A la semana estaba en un estado de alumbramiento y proclamaba la bondad del programa y las terapias a los cuatro vientos y, efectivamente, el tipo sacó a relucir un don de gente, un buen trato con todos. Yo estaba sorprendido de su revelación, a los dos meses se le designo jefe de grupo.


Para cuando llegó yo ocupaba la ratonera, que era una habitación mediana en la que habían dos literas de dos pisos y una cama. La mía estaba sobre la que le asignaron a los pocos días y estaba contento de tenerlo de compañero de cuarto porque me caía bien. Me parecía una persona manejable, tranquila, que no daría problemas y como yo no daba motivos para tenerlos veía en su vecindad pan comido. Pero empezaron a aflorarle sus neurosis. Quisquilloso, le molestaba que yo de vueltas encima de él para conciliar mi sueño, que mis cobijas colgaran ante el espacio de su litera como cortinas, que mi cama estaba mal tendida, etc, hasta que surgió el gran ENCAME que tantas molestias me habría de dar en el centro. Regó la voz de que me masturbaba por las noches, y el ruido que hacia no le dejaba dormir y de ahí fue que empezaron a considerarme todos mis compañeros una especie de pervertido. Me decían pajero. Al principio acepté el sobrenombre de buen humor, a la final me servía como engañabobos, para ocultar otros secretos que podia conservar allí, era una pantalla y yo asumi y a veces incluso admití que me gustaba la paja. Así los tenía entretenidos a todos. Renuncié a cualquier protesta, no me sentía ofendido, sin embargo era testigo de que él estaba conflictuado, incómodo, irritable debido a que estaba sufriendo los primeros días de abstinencia y todo le molestaba.


Llegaría el día y el momento en que replicaría, yo me cuidaba de caer en represalias, reacciones, respuestas porque sabía que desencadenaría una guerra sin cuartel. Vengativo y beligerante que soy preferi no dar importancia a sus burlas, ya se estaba poniendo muy cargoso. Así fue que una tarde abrí la boca y despotrique con una campaña de sarcasmos e ironías, lo hacía quedar mal frente a todos, lo havía ver como un cobardón, parado el carro, me puse a imitar sus compartires, sus llantos cuando recordaba su amada familia a la que tanto daño hizo, me burlaba de sus arrepentimientos y de sus loriqueos en sus compartires, lo imitaba, lo ridiculizaba... y observé en su rostro un dolor muy hondo, ahora me odiaba como el que más, ahora estaría tramando su venganza, ahora era mi prinicipal enemigo en el centro y los dos estaríamos allí para torturarnos el uno al otro. Sin embargo siempre había humor en todos nuestros lances y escaramuzas y generalmente peleábamos delante de todos, eramos los hazmereir a costa de nuestro rival, yo de el y el de mi. Sin embargo yo sabía hasta donde apretar, sabía su limite, además que alli no podriamos hacernos un daño fisico por estar vigilados todo el tiempo y nunca nos quedábamos solos para pelear, le infringía un dolor benigno, que el lo aceptaba en el fondo porque le remarcaba sus ridiculeces y defectos, sin embargo el como buen asesino, había bosquejado un impulso de venganza, em había sugerido que afuera me buscaría, que pagaría caro y así quedó sellada su amenaza de matón.


Esos días de carnaval estabamos los internos distribuidos en el patio, yo tomándo un baño de sol, disfrutando el aire tibio de la tarde, mientras entre algunos compañeros jovenes se lanzaban tachos de agua. Estaba apartado mirando de lejos los juegos de los internos y tarde fue cuando me di cuenta que Felix arteramente se acercaba por el filo de la pared hasta donde yo estaba sentado, tarde me di cuenta que traía en una mano un tacho de agua que lo rego en mi que me quede estupefacto de una sola pieza sin poder evitar el valdazo.


Tu tenías una deuda pendiente conmigo!!!??? te acuerdas???


y así fue que vertió el contenido del tacho en todo mi cuerpo y se volteó riendose y causando la hilaridad de todos los internos. Mi reacción fue de aceptación, estaba todo bien, se había vengado, pacientemente esperaría mi turno, ese día u otro día, de la misma manera o haciendole algo diferente, yo quedé empapado, solo contesté una frase


pobre hijodeputa, con esas estamos no??? tonto mentiroso, arrastrado, traicionero, culebra, vas a ver
lo sufrí bastante, era un cobarde, matón, sin duda, tenía corazón pero ´rodeaba a su corazón una inclinación antural al robo y la venganza



RICARDO

Ricardo era un hombre curtido, había pagado 8 años por asesinato en una cárcel de las más fregadas del país y allí había sobrevivido de la venta y tráfico de drogas. En el tiempo que yo entré el estaba entre los antiguos, ocupando los últimos puestos de la tercera fila, había ingresado voluntariamente, antes de recaer, eso es lo que el decía. Ahora, pensándolo bien, el podía haber tomado la decisión de ocultarse de un nuevo problema de su vida unos tres meses en el centro. A lo mejor no recayó en el consumo de drogas, pero pudo haber cometido algún crimen, o le seguían para un ajuste de cuentas, eso era totalmente probable y común, aunque, como viejos zorros, se inhibían de confesar la plena verdad. El centro en tales circunstancias era el refugio perfecto, así también estaba ocultándose Patricio, otro de mis captores, quien tenía una boleta de captura y lo seguían para matarle; al Latin, también lo buscaba su banda para matarle, es más, le lograron localizar y firmaron un graffitti en la esquina próxima en señal de que le tenían la pista...


Ricardo se encargaba de la cocina. Tenía una expresión entre tierna y bobalicona, un hombrón fornido, de brazos fuertes y belludos, como de 1.75 de estatura, de unos 35 años, que participó en mi captura, pero que, viéndolo bien, era un tío que de su ingenuidad y dulzura podía pasar fácilmente a la maldad y perversidad. Pero eso se podía corroborar después de ´ser testigo de su errático comportamiento en el centro, día a día, porque su trato superficialmente cordial y tranquilo, tenía un fondo muy oscuro que no convenía activar. Amanerado, eso sí al hablar y cuando se reía agudamente...






EL CENTRO

En un predio de unos 300 metros cuadrados, se levanta una construcciónrústica de dos pisos con techo de zinc, una cancha de boly, rodeado de un cerramiento, cuyo muro lateral llegaba a unos 8 metros de alto y el frontal unos 4 metros, sembrado en la parte superior por una alambrada estropeada y con un portón metálico para entrada de carros. Esa era la infraestructura del centro de rehabilitación. En la primera planta estaba la cocina, un baño, el dormitorio general o"perrera", el dormitorio de tamaño normal, o "la lagartera", la sala de terapias y su baño. Un baño extra para visitas contiguo a una puerta de uso restringido para el cuerpo médico, conectaba a un local a la calle, el cual se usaba como oficina o consultorio y otro local contiguo que se usaba como sede de un club de automovilismo, deporte al que era adepto el director. Por una escalinata de cemento se llegaba al segundo piso, desmbocaba en un área a manera de vestíbulo al aire libre que conectaba con un pasillo, cubierto por una cornisa, el cual conectaba a un baño, un dormitorio, otro baño y al cuarto de los terapistas, antiguos o NN. En el orden que he incluido en esta descripción, los internos iban mudándose a medida que avanzaba su tiempo de internamiento, empezando en la perrera, luego en la lagartera, luego en la heavy youve, como decían, y luego en la de los terapistas, yo seguí este orden pero no llegué a la de los terapistas, no siempre se cumplía el trayecto completo.
Había ciertos espacios en el centro, de triste recordación como la bodega, el pozo, el descanso, al final de las escaleras que cobraban una personalidad propia, debido a los usos y costumbres, eran lugares estratégicos. Las escaleras de cemento partían desde la cocina, tenía una baranda con un tubo grueso. El descanso era el puesto de vigía para el guardia, siempre había una silla ahí y a veces un televisor. Desde allí se dominaba todo el centro, el movimiento, el patio, los posibles puntos de escape y era un hito fronterizo porque la circulación para los internos no era libre, a la segunda planta el acceso era restringido, solo podían subir los que ocupaban las habitaciones superiores y máximo alguien que se encargara de la limpieza. Desde allí era fácil alcanzar la calle, solo había que caminar por encima de las planchas de zinc, sortear una alambrada de púas y saltar, era una tentación para los nuevos, con las energías libertarias que traían...


En esa silla se sentaba quien a su turno tenía más poder o privilegio, así lo hacía el director, el portero Leonardo, los terapistas, el guardia que oteaban el panorama de todo el centro. Desde allí repartían la comida cuando sobraba, mandaban a hacer fila para darnos naranjas, bananas, panes, colas, caramelos, que generalmente donaba algún compañero generoso o traían las visitas. Como sabían que cualquier momento podía haber una naranja demás, un pan de sobra, solían agolparse en los escalones, sentarse, acomodarse, en espera de que se ofresca comida, como mendigos, además que no había nada mejor que hacer. Era una especie de sitial y también cuando se sentaba el director o uno de los terapistas, trataban los internos de acercarse y hacerles la conversa para indagar alguna novedad, hacer una petición, preguntar algo e, incluso, para terapiar. Pocas veces se dio esto último, en que el director empezaba a arengar a los presentes que le iban rodeando para formar una especie de ceremonia, enq ue se ponía a terapiarnos, aleccionarnos, en que alguno de los internos habría su corazón y conversaba algún problema, parecía un apostol del terror que pretendía curar a sus sometidos discípulos quienes como no teníamos otra actividad que realizar, aprovechábamos allí para matar el tiempo fingiendo que entendíamos él consejo del gran educador, del ejemplar adicto recuperado que era el tal director, entre bromas y golpes de imagen, su histrionismo quería arrastrarlo hacia una distensión mística, y todos fingíamos nuestra conformidad con sus palabras y con el hecho de estar encerrados en tan privilegiado centro de rehabilitación, el mejor lugar del mundo... pero yo, más tarde entendí que el mejor lugar del mundo, estando allí mismo, encerrado y rodeado de personajes difíciles, en circunstancias adversas, era mi lugar interior, aunque tarde meses en aceptar esa realidad, la cual podía aplicar en cualquier otro lugar o circunstancia negativa de mi vida.

LOS LUCHADORES

Llegaron un día dos luchadores profesionales, pareja dispareja, el uno un gigante de más de 1.80 mts de estatura y unas 300 libras de peso y el otro de talla normal, eran ex adictos que venían a visitarnos. El director les comprometió para que demostraran sus habilidades. Estos shows improvisados, él lo sabía, servían para romper la monotonía y distraer a los internos, motivarles porque en el centro no hay nada que hacer y el tiempo se vuelve un estilete que va lacerando el alma del más fuerte, por más que se pretenda pasar bien allí, oprime a todos el encierro. Estábamos todos en el patio y el más grandote, una mole torpe de carne y músculos como un luchador de zumo, se desplazó al centro y desafió a que lo ataquen a cualquier voluntario de los que hacíamos el ruedo. Entro uno, después otro y un tercero que a su turno fueron terminando inmovilizados en el suelo, mediante una llave más el peso de su enorme cuerpo. Luego continuó la demostración el más pequeño, que también retó a que lo ataquen y rápidamente puso fuera de combate a su primer contrincante y todos permanecieron intimidados por sus destrezas. El director que animaba la demostración cual maestro de ceremonias invitó al siguiente voluntario y nadie se atrevía a pasar al ruedo y buscándome en el grupo, pronunció en alto mi nombre

Giovannni!!!!!! Giovanni!!!!

Yo me moría de ganas de sacarme la furia en combate, pero no me sentía coteja de los luchadores, sin embargo, tocado mi honor, me desperecé y entre al ruedo. La atmósfera expectante en el patio temía por mi, 50 años con uno de 30. Estaba exonerado para las prácticas de ejercicios de las mañanas, todos lo sabían, así que se esperaba un espectáculo jocoso. Todos se preparaban para divertirse por mis aspavientos. Me preparé y el tipo fue a darme casa, desde el centro del patio a la periferia donde me escurría, me retiraba y le paraba con la mano amenazándole que no respondería...

Cuidado, verás que te voy a atacar en serio, le advertía y el tío se frenaba

Con mi mano le ponía en alto y el tipo reculaba hasta que le dejé entrar. Amagué un patazo entre sus piernas para demostrarle su vulnerabilidad, pero al replegarme me dejé agarrar por sus manotas, lo invité prácticamente para poder zafarme y tomar posición de la situación. Pronto e inesperadamente lo tuve en el suelo, a mis expensas, solo tenía que aplicar todo el peso de mi cuerpo para romperle el cuello, el tío sorprendido andaba aleteando como ave apresada por su pescuezo, pero yo controlé mi frustración, pensé asentarle toda mi fuerza para quebrarle su lomo y nuca, allí en el suelo, pero en el reino de la innobleza y de la arbitrariedad de aquél centro, no me convenía demostrar nada, después de todo no estaba en un circo romano, aunque alguien admirado luego me dijera.

Cada vez me sorprendes más Giovanni!.

Uno de los mejores halagos recibidos en ese lugar fueron esas pocas palabras que reflejaban una verdad, un proceso de recuperaciòn vertiginoso, dominaba todas las circunstancias, ya no era el pobrecito, el veterano, el exonerado, el flacucho, y, con esa sola lucha, parece que me gané respeto de todos, todo por mi tenacidad, mi impetu, mi intrepidez, como se llame aquella cualidad que tenía para sobrevivir contra la mayor fuerza que pudiesen las personas detentar en mi contra, contra mi vida y mi físico, era un luchador. De ahí en adelante, solía provocar juguetón peleas con mis jóvenes compañeros que a veces ganaban ellos y a veces ganaba yo, aunque siempre quedaban sorprendidos y vapuleados por mis estratégicas sorpresas. Ahora no era el tal indefenso, estaba claro que podía enfrentarlos de igual a igual a todos los adictos, agresivos o no.


En esos lugares esa posición sirve de algo.




LAS FUGAS


Eusebio y sus intentos de fuga. Su primer intento fue de noche. Rápidamente escaló el porton principal y corrió un par de cuadras antes de ser recapturado por los perros del centro que lo reingresaron como a un animal. Lo esposaron y le dieron una tremenda paliza entre varios, con puños, patadas y tablazos. Sus quejidos rompían el silencio de la noche, la conciencia de los internos que expectábamos la paliza y él, salvajemente pedía más castigo


Denme, denme duro, eso es lo que me hace falta


y a cada tablazo el gritaba y aguataba los golpes


hasta que luego lo dejaron esposado en el grueso tubo de la escalinata, donde el lejos de calmarse, continuaba reclamando que lo suelten, que lo dejen pelear con el latin, mano a mano, como hombres


yo le convidé algo de comida que me lo recibió sin arañarme, felizmente, era como un animal salvaje, pero yo sabía que podía calmarse con el buen trato, poco a poco



LOS RECAIDOS: CARLOS EL PELUCON, CRISTIAN EL ESCAPISTA, DANIEL

ANGEL


Angel, un mulato de unos 30 años se sentaba a mi diestra, llegó un día antes que yo, el primer día lo encontré esposado, con una cara de resentido social, aguardando algo, silencioso y observador, incrèdulo, dispuesto a salir de allí cuanto antes mejor.





EL PRIMER DIA


Un minúsculo hombre muy entrada la noche se sumergía en su ciudad natal, . El bus avanzaba raudo hasta el terminal de Quitumbe. esa ciudad que desde la ventanilla del autobus fue apareciendo a ramales por el sur, como lagunas con brillos de luz en el magma de sus barrios oscuros. Se sentía como todos los habitantes ya se hallaban guardados en sus casas. Nadie me esperaba, no tenía dinero, solo me tenía a mi mismo y mi libertad, era dueño absoluto de ese tiempo precioso de vida. Débil y flaco como anoréxico, me sentía diminuto en medio de esa gran urbe de dos millones de desconocidos, no existía nadie en ella que podía ayudarme. Mi familia me había sepultado en vida en ese sitio 5 meses y cuando los recordaba no significaban nada para mi, excepto futuros problemas, pero estos tendría que enfrentarlos después, esos momentos era preciso disfrutar mi libertad, el aire frío de la sierra en el rostro, mi resto de fuerzas que apenas me quedaban para arrastrar mis maletas y una o dos ideas que debía poner en práctica. Debería llamar a alguien, sin duda, no tenía casa a donde llegar, mesa donde comer, mujer para calentarme, dinero para movilizarme, apenas dos dólares que me sobraron de los cinco que me dio el reyezuelo de la clínica.


Ya en el desolado terminal, encontré un local de cabinas donde solicité una llamada. Solo recordaba el número de teléfono de mi padre y de un amigo, preferí llamar a este último porque no sabía si mi padre era hostil o amigable.


¿Alo?


¿Wilson? Hola, soy Giovanni, ¿Qué tal? ¿Cómo estás?


Ah! Que fue, ¿donde estás?


En el terminal


Ya te voy a ver ahorita


Ah bueno! Te espero


Eran casi las 10 de la noche. No me había dejado decir ni explicar nada. Me ahorró la verguenza de pedirle el favor. Hice tiempo buscando un lugar para descanzar con mis maletas hasta que, a la media hora, lo vi llegar con Gioconda, su reciente mujer. Nos dimos encuentro en medio de un espacio abierto del edificio, no pude sonreir, a él el humor se le manifestó mediante una incrédula sonriza. En realidad no era motivo para hacer chistes pero entre amigos el humor negro es lo normal en medio de las circunstancias adversas.


Hola, todavía vives? Te presento a mi mujer


Sorprendido y avergonzado de la presencia de ella, la saludé sin mucho interés. No sabía como comportarme y que hablar ante ella.


Ya comiste?


No


¿Qué vas a hacer? Vamos te invito a un café

Bueno, vamos


Buscamos un local en el terminal y pedimos café con humitas. Era un banquete para mi, no quería pedir un plato pesado, primero por no abusar de su amabilidad y luego porque podía empacharme, ya que había perdido la costumbre de comer raciones normales. Y lentamente empecé a desenrollar mi historia.


¿Qué te pasó ve? Te desapareciste. Donde estuviste. Tu papi me dijo que te habían internado pero no sabía donde.


Si, estuve en Sto Domingo, en un centro de rehabilitación, desde el 14 de enero.




EL MIEDO


LA RONDA DE LOS DEFECTOS


Era parte de las terapias aversivas de baja intensidad que se practicaban en el centro. En las clínicas nazis se practican francas torturas: esposar días al retreté y ordenar a cada interno que después de cada sesión en el inodoro, vierta al castigado un cubo de agua helada, hacerles dormir colgados y que gotee agua sobre su cabeza toda la noche, introducirles en una tina con agua y hielo o simplemente darles formidables palizas haciendo uso de puño, patadas, pala, agua fría. Felizmente en este centro llamado "Ser Libre" practicas de maltrato eran limitadas a "pagar cancha", la ronda de defectos y las palizas eran medidas, se propinaban solo cuaqndo era necesario soeter a alguien, auqnue esto no quería decir que fueran necesariamente castigos justos. Se podía castigar arbitrarriamente, por decisión del juez de turno, el terapista, el padrino, el portero, incluso para probar la sumisión y bajar el ego a algún ingobernable, para trabajarle la paciencia y tolerancia como decían. Pero producía efectos contraproducentes, más se resistían los castigados, pero algunos, como yo incluso, supieron sacar partido de los castigos. A la final el dolor psicológico se podía refrenar, impedir que se transforme en resentimiento, con tal de queno me hagan un daño físico irreparable, no me hacía mayor problema.


La ronda de defectos llamaban un día determinado de la semana, en la sala de terapias formabamos con las sillas un círculo y los 25 o 30 internos nos sentábamos mirándonos unos a otors. Pasaba uno por uno a una silla ubicada hacie el centro del círculo y comenzaba alguien determinado a decirle todos sus defectos, a veces también pasaba a darle consejos, hacer algún reclamo o putearle. Era frecuente que más de uno cayera en revanchismo y se aprovechara de la ronda para sacarse el pique contra alguien. Habíamos algunos que éramos los más esperados, los más criticados por ende quienes paradójicamente, provocábamos mayores afectos y desafectos, simultáneamente entre los compañeros. uno de esos era yo, otros eran El Latin, Felix, Alberto, Carlos, Cristian. Era aburrido cuando las crçiticas eran repetitivas, conservadoras o condescendientes con los juzgados, este tono asumíamos cuando queríamos evitarnos resentirnos con algún compañero.


La ronda de los defectos sirvió mucho a Félix y recuerdo que la crítica que más le sirvió fue precisamente la mía, que semanas luego de ese día, me la agradeció comentándome que le había echo cambiar. Fue su debut, a la segunda semana que llegó, aproximadamente, cuando ya había tenido roces con él y había detectado su conducta irregular y nos habíamos malquistado, que aproveché para decirle cuanto había visto. llorón, mentiroso, ladrón






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