martes 20 de septiembre de 2011

LA COMIDA



Yo tenía programa, no me afectaban fácilmente las incomodidades de este centro. Era como cualquier cárcel, o, rectifico, era peor que cualquier cárcel, pero al menos no se corría peligro de ser violado o malherido. Las desventajas se daban en otros aspectos. La comida, por ejemplo, era calculada estrictamente para proporcionar la subsistencia fisiológica de los internos. Como negocio privado, la consigna era ahorrar al máximo los gastos de manutención de los pacientes. La justificaciones que se daban al racionamiento eran varias: que "si la alimentación fuese buena ellos no querrían salir"; "para que aprendan a valorar la comida que afuera desperdiciaban", o, "para que tengan la mente más liviana y no se duerman", y, bajo esos preceptos, el menú de todos los días apenas cubría la cantidad de un almuerzo normal. El menú en la mañana era un vaso de agua de pozo, o agua hervida, apenas pintada con una ramita de canela, y dos panes de 5 centavos; el almuerzo, agua hervida con algo de caldo y una ramita de col o acelga nadando en el plato, se veía el fondo del sopero, y un vaso de agua de canela o manzanilla; la merienda era una porción de majado de verde y el infaltable vaso de agua. Esta era la dieta oficial de la que me alimenté los primeros meses.


Hay que decir sin embargo que esta dieta de anemia se completaba con la caridad que recibíamos de los compañeros visitantes -quienes, como parte de la tradición, regalaban pan y cola después de dar sus testimonios de recuperación-, y de las familias de los cumpleañeros o de los que festejaban aniversarios, quienes para tales eventos traían comida en ollones o comprada para repartir entre todos. Estos eventos eran esperados con hambre y esperábamos que los discursos acaben pronto, para poder comer.


Fue al 4to mes de mi estadía que encargaron la cocina a Carlos -un joven gordito de 24 años que rebajó más de treinta libras en dos meses-, que la comida tuvo una mejoría dramática. La sopa era espesa y alcanzaba para dos o tres repituches, todos estábamos impresionados y agradecidos con Carlos porque sabíamos que se exponía a ser castigado, ya que subrepticiamente cocinaba en mayor cantidad, abusando de las existencias de la despensa, aunque a veces mandaba a pedir de su propio peculio arroz, mantequilla o lo que fuere necesario.


Me las arreglaba sin mayores problemas, nunca he sido tan hambriento y algunos compañeros me convidaban porque sabían que no tenía familia ni me llegaban barracas. Los tragones, paradójicamente, eran flacos como anoréxicos. Se comían hasta los huesos, los trituraban entre sus dientes y chupaban el jugo, engullían las cáscaras de los verdes, robaban cualquier comestible a la menor oportunidad o se pasaban todo el día maquinando el modo de conseguir comida. Era imposible comer tranquillo en su presencia, se apuntaban, se vendían, se ofrecían, se hacían los simpáticos, cada uno a su manera y estilo, le decían a uno por ejemplo "si no te gusta la sopa me la regalas" "me regalas el hueso" "te gusta el pescado" "¿vas a pedir repituche?" "Si ya no quieres repituche pide nomás y me regalas a mi", o bien se quedaban mirando como perros hipnotizados esperando que algún comensal desprecie algún hueso... Eran unos cinco comelones que comían como las cucarachas, absolutamente todo, omnívoros, no despreciaban nada, un hueso pulido, lo mascaban, lo desgastaban con los molares hasta conseguir nutrientes, lo succionaban sonoramente y luego los iban poniendo en el suelo como si fuesen restos de alguna jauría. Yo siempre tenía a algunos hambrientos pendientes para compartir mis sobras o lo que no me gustase, eran muchachos que, por lo general, bordeaban los 20 años, condicionados por los requerimientos alimenticios propios de su edad, de la abstinencia de su droga favorita o por su adicción a comer, que necesitaban tanquear su ansioso organismo con lo que sea para mantener aplacado su vacío.


2


Ricardo el cocinero, era un expresididario con aspecto de niño grande, fornido y varonil, pero totalmente amanerado y con una expresión de bobo feliz en la cara. Cuando hubo oportunidad de conversar con él me contó que había pagado 8 años en la cárcel de Bellavista por que le cortó el cuello al amante de su pareja. Pero hasta ahora no sé si su llamada pareja, a quien amó muchísimo como me dijo, fue mujer o un hombre. Estaba por su propia voluntad interno. Si había recaído o si estaba ahí para evitar una recaída inminente, era irrelevante, era muy probable que estuviese escondiéndose de algún problema o dificultad temporal en el mundo exterior, esperando que bajen las aguas, para coger un nuevo rumbo al salir. Algunos internos eran buscados para ser matados, otros tenían boleta de captura o huían de obligaciones y la clínica era un refugio ideal para escampar. Ricardo no captaba el programa, no podía memorizar los pasos ni hasta el quinto. El director, víspera de su salida, le ayudó a montar un local para restaurante en Sto Domingo, en el que trabajó el primer mes pero, luego desapareció sin dejar rastro. Nadie se sorprendió de su deslealtad.


3


Una vez, cansado de tanto robo, de tanta honradez, de indignarme por los robos de comida que se daban todo el tiempo y quedaban impunes, me lancé a robar un plátano. Primero se adelantaron los contumaces, tres, cuatro, cinco expertos que se proveyeron de plátanos, los comían en el acto o los guardaban en la ropa para comerlos después, y seguí yo. Me acerqué al rincón detrás de la bodega de herramientas y repuestos que había en el patio del centro donde estaba arrumada una cabeza de plátanos y tome uno. Justo a lo que me doy la vuelta me encuentro cara a cara con el director, quien sin hacer aspavientos de mi acción, pasó de largo. Sin embargo tuve que admitir mi acción


el robo y venta de comida de Félix, el más glotón, que la escondía en la bodega, bolsas de arroz y que dejaba robar plátanos a quienes el disponía para tenerlos de su parte.








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