Parecían tres momias haciendo cerebro al licorero, me demoré en reconocerlos, de uno en uno, hasta quedarme sorprendido de ver juntos a mis tres hermanos, parados como gendarmes, buscándole la conversación a Manolo. Lo busqué con la vista para pedir un cigarrillo que me lo acercó hasta la vereda, me lo encendió comedido, y luego seguí hasta la puerta de calle, introduje la llave, pero reconvine, di media vuelta y regresé al local, subí los escalones y me introduje hasta el mostrador para otear el ambiente. Con sus rostros demudados, afligidos, se quedaron impávidos y mudos hasta que yo decidí soltar la primera frase.
¿porque no me traen mis cosas? siguió un silencio y yo insistí.
Por favor, devuélvanme mis cosas!. Y así dio inicio una moderada discusión en que ellos arguyeron motivos por los cuales no me devolvían mis pertenencias.
2
El jueves, o sea dos días después de este encuentro, dos policías timbraron la puerta de calle, con documentos y radio en mano, para entregar una citación. Eso lo deduje inmediatamente cuando los vi desde mi ventana, decidí no contestar el timbre y salí luego de una hora a ver a una amiga. Recibí una llamada celular de mi padre preguntando por mi y me informó: "ha venido el Marco" "¿Está bien?", me preguntó. Le dije que estaba bien y ya en casa me dijo: "parece que están empeñados en hacerle daño" "el Manolo -refiriéndose al licorero- no le ha dado paso al Marco... y ha hecho bien... él no tiene nada que ver en esta casa". Prefiero cambiar de tema, hablar de las goteras que produjo la torrencial lluvia de la tarde y me despedí rápido pidiendo que me despierte a las 9 para poner chova en las planchas de eternit para coger las goteras. Ese día efectivamente me puse a reparar las fisuras del eternit. "Es un trabajo paciencioso" observó mi padre, refiriéndose a la colocación de chova y yo disfrutaba la labor, pegando a presión las láminas de caucho para evitar las filtraciones de agua.
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